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A 60 años de la muerte de Evita: la mujer que ni la muerte, ni el dolor, ni los años pudieron sacar del corazón del pueblo

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Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Eva Perón, y su recuerdo sigue conmoviendo como hace 60 años, cuando el país enfrentó la noticia más dolorosa. En esta nota, un repaso por sus últimos días, algunas características de su vida y su legado inmortal: su trabajo social.

“Yo no quise ni quiero nada para mí. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo. Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria.” EP.

Frente al teclado, en una fecha como el 26 de julio en el horizonte, a veces nada nuevo sale. Las palabras se repiten, año tras año, y nos hay forma de escaparles. “Inmortal”, “eterna”, abanderada de los humildes”. Títulos que María Eva Duarte de Perón se ganó en su corta e intensa vida, y que hoy, 60 años después, nadie puede disputarle. En el corazón de un pueblo que cambió, trágicamente, pero que nunca la olvidó. En estos textos que hoy Diario del Sur del GBA recopila se puede dar un vistazo a esta mujer cuya luz sigue alumbrando ya no un movimiento político o una clase social, más bien una época donde “la felicidad parecía posible”.

60 años después, Evita engalana banderas, adorna discursos, pero por sobre todo alimenta esperanzas, en un país acostumbrado a construir mitos. Incluyendo el propio: “Ahora si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo. Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama Evita me siento con gusto compañera de todos los hombres”.

Los últimos días

Su intensa vida (ver nota biográfica) le hizo ganar un lugar de privilegio del bronce, pero también le hizo ganar enemigos. Sus últimos años fueron una doble lucha: contra la enfermedad y contra las críticas más descarnadas, adentro y afuera del movimiento. Ya en enero de 1950, Evita, que nunca dejó sus actividades, cada vez estaba más débil. No dejaba de trabajar, pese a la oposición de su marido Juan Domingo Perón. Luego del renunciamiento, ya casi no participaba en actividad alguna. En una nota de la época, el propio Perón recuerda aquellos años de sufrimiento: "Aquellos días de cama fueron un infierno para Evita. Estaba reducida a su piel, a través de la cual ya se podía ver el blancor de sus huesos. Sus ojos parecían vivos y elocuentes. Se posaban sobre todas las cosas, interrogaban a todos; a veces estaban serenos, a veces me parecían desesperados".

Cuando su vida se apagó, su figura ingresó al bronce inmortal de la historia. Su legado, latente, nos sigue hablando. Como lo inmortalizaron Homero Manzi y Raúl Fernández Siro: “No habrá ninguna igual, no habrá ninguna, /ninguna con tu piel ni con tu voz. /Tu piel, magnolia que mojó la luna. /Tu voz, murmullo que entibió el amor. /No habrá ninguna igual, todas murieron /en el momento que dijiste adiós”.

Huellas del pasado

Para entender los porqués de esa comunión casi perfecta de Evita con su pueblo, vale el análisis de Diego Guisande, quien recuerda algunas características, que no por muy conocidas resultan menos interesantes, y que sirven para entender la personalidad de Eva Perón.

Dice el politólogo y periodista: “María Eva Duarte era mujer, hija ilegítima, de familia muy modesta, se hizo actriz y locutora por sus propios medios y murió a los 33 años. ¿Cómo pudo ser quien fue? ¿Cómo pudo contribuir de un lugar tan destacado a cambiar el rumbo del país y los destinos de millones de personas?

“Que fuera mujer ya resulta llamativo, en un mundo que seguía dominado por los hombres y donde ellas ni siquiera tenían reconocido el derecho a voto, pero destacar sólo este aspecto contribuye a la versión machista de la historia en que se margina los roles de las mujeres.

“Cleopatra en Egipto, Isabel la Católica en España, Isabel I de Inglaterra o Juana de Arco en Francia muestran el protagonismo y liderazgo que muchas supieron construir, tendencia a la que no fue ajena la Argentina desde sus mismos inicios, y que conserva al día de hoy.

“Que fuera hija ilegítima y pobre es bastante más sorprendente, ya que este tipo de injusticias sociales son más difíciles de superar que el obstáculo de la discriminación debida al género.

“Existen cientos de historias de empresarios de proveniencia modesta que supieron hacerse un camino al éxito económico sin estudios ni capital, pero no son tantos los casos conocidos en que la misma víctima de una injusticia logra acercarse al poder político para cambiar las condiciones que determinaron su marginación. Quizás Nelson Mandela y Mahatma Gandhi son de los pocos ejemplos en este sentido.

“También resulta llamativo que de tantas opciones haya elegido dedicarse al mundo del espectáculo, donde suelen predominar, incluso hasta el día de hoy, la banalidad y la superficialidad. No son pocos los que saltaron a la política desde una carrera artística, pero resulta obvio que a Evita esa vida le hubiera resultado chica.

“Sin embargo, si estas características no la hicieran ya única, hay que recordar aun que a la fecha de su muerte no tenía más que 33 años. Adolescente, prácticamente niña, lo conoce al General Perón con sólo 24 años, y su destino queda definitivamente ligado al tres veces presidente de la Argentina y a la historia del país.

“Es imposible imaginar que alguien, al intentar interiorizar estos datos, no sienta una enorme admiración por los prejuicios y obstáculos que Evita tuvo que superar para alcanzar la dignidad de ser amada por millones de personas.

“Y cuesta creer la crueldad y la infinita cobardía de quien el día de su muerte escribió aquella tétrica leyenda en alguna pared de Buenos Aires. Cuesta creer que alguien se haya vanagloriado de que una enfermedad realizara el trabajo sucio de sus oscuras intenciones. Cuesta creer que Evita, una joven de no más de 33 años, resultara finalmente vencida por el cáncer, luego de haber resistido todo el odio acumulado que la persiguió incluso más allá de su muerte.

“Evita fue mucho más que ella misma, pero empezar por conocerla es también rendir homenaje a todo ese pueblo que la apoyó, la engrandeció y la lloró”.

Su legado

Su legado más importante, más allá de la política, estuvo en su acción social. El concepto de “justicia social”, bandera del peronismo, fue carne en ella, y en su principal instrumento: la Fundación Evita. La periodista Ximena Federman repasa esta tarea titánica, nunca más repetida.

“La Fundación Eva Perón sigue teniendo incidencia en la realidad cotidiana de las personas a pesar de haber cerrado sus puertas hace más de cincuenta años. La Fundación, creada por Eva Duarte en 1948, tenía tres áreas principales de trabajo: educación, salud y trabajo. A pesar de que atendía a hombres, niños y niñas y adultos mayores, su labor se dirigía especialmente a las mujeres en situación de pobreza, un sector doblemente excluido.

“Myriam Pelazas, profesora de la cátedra de Historia Argentina y Latinoamericana de la Carrera de Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, explica que el peronismo fue un momento de conquistas sociales y se empezó a pensar en un sujeto con derechos.

“Cambió el paradigma, antes la ayuda se daba desde la caridad, ahora es para construir dignidad. La Fundación daba contención en un sistema que empezaba a incluir cada vez más.”

Continúa Pelazas: “las personas a las que ayudaba la Fundación eran personas `pobres de todo pobreza`, o lo que dice el tango, ‘la yerba de ayer secándose al sol’ era de verdad, era gente que no sabía que existía el lujo. Por esta razón, los hogares de tránsito de la Fundación eran de un lujo poco habitual en este tipo de lugares.

“El objetivo era que las personas en situación de pobreza supieran a qué pueden aspirar. Hoy la riqueza y el lujo se pueden ver en los medios de comunicación, en la televisión, no se trata de algo tan desconocido como lo era en esos años, la gente no sabía que eso existía”.

La razón de su vida

Cuando elegí ser "Evita" sé que elegí el camino de mi pueblo. Ahora, a cuatro años de aquella elección, me resulta fácil demostrar que efectivamente fue así. Nadie sino el pueblo me llama "Evita". Solamente aprendieron a llamarme así los "descamisados". Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme "Señora"; y algunos incluso me dicen públicamente "Excelentísima o Dignísima Señora" y aun, a veces, "Señora Presidenta". Ellos no ven en mí más que a Eva Perón. Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como "Evita". Yo me les presenté así, por otra parte, el día que salí al encuentro de los humildes de mi tierra diciéndoles ‘que prefería ser Evita a ser la esposa del Presidente si ese Evita servía para mitigar algún dolor o enjugar una lágrima. Y, cosa rara, si los hombres de gobierno, los dirigentes, los políticos, los embajadores, los que me llaman "Señora" me llamasen "Evita" me resultaría tal vez tan raro y fuera de lugar como que un "pibe", un obrero o una persona humilde del pueblo me llamase "Señora". Pero creo que aún más raro e ineficaz habría de parecerles a ellos mismos. Ahora si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo. Cuando un pibe me nombra "Evita" me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama "Evita" me siento con gusto "compañera" de todos los hombres.

(Fragmentos del libro de Eva Perón “La razón de mi vida”, de 1951.)

Los últimos días de Evita

Por Felipe Pigna

Eva Perón supo despertar un fanatismo desenfrenado entre los humildes, que llegaba en ocasiones a la devoción más profunda. Quizá en la misma proporción, pero en sentido inverso, Evita fue el blanco de las peores reacciones de una buena parte de la sociedad argentina. Ella era intempestiva, pasional, luchadora, y los odios que generó fueron de igual intensidad. No sólo de las clases dominantes, de los vituperados “oligarcas”. También de amplios sectores medios e incluso de intelectuales de izquierda y progresistas. “Viva el cáncer”, llegó a leerse en algunos muros de la ciudad porteña. Milcíades Peña habló del “bonapartismo en faldas” y creyó a esta “artista de radioteatro y cine poco cotizada y muy de segundo plano” un producto de “las necesidades, ansiedades y fantasías de la gente pobre”.

Pero entonces, ¿por qué tanto odio? Nacida en Los Toldos, en el noroeste bonaerense, un 7 de mayo de 1919, Eva María Ibarguren fue hija ilegítima del estanciero y conservador Juan Duarte y de la puestera Juana Ibarguren. Esa misma circunstancia le dio un primer motivo de lucha. Luego de la muerte de su padre, la familia se quedó sin sustento. Más tarde, se trasladaría a Junín, cuando Eva tenía ya 11 años, donde pronto descubriría su vocación de actriz.

Con 15 años, finalmente, llegó a la capital, para triunfar en la actuación. Era 1935, plena década infame y ola creciente de migrantes internos hacia Buenos Aires. Eva logró intervenir, aunque de forma secundaria, en importantes obras teatrales, siendo destacada por la prensa en algunas oportunidades. Películas, radioteatros, hasta tapas de revista, le permitieron crecer rápidamente en la dirección soñada. Por fin, también consiguió tener un buen pasar, lo que no le impidió iniciar su militancia social, participando de la creación del primer sindicato de trabajadores de radio.

Al poco tiempo, Eva conoció a Perón. Tenía 24 años y él, ya teniente general y hombre fundamental de la Revolución de 1943, casi 50. Vivían juntos cuando sucedió el 17 de octubre y de inmediato se casaron. Entonces sí, con Perón fortalecido en el poder estatal, Eva lo acompañó, logrando rápidamente un protagonismo.

Los derechos políticos de las mujeres, la creación del partido peronista femenino, la fundación de ayuda social, los estrechos vínculos con los sindicatos y una intransigente defensa de Perón frente a “oligarcas”, “cipayos” y el “imperialismo”, marcaron los más de seis años que la tuvieron en la primera escena nacional.

Evita falleció por un cáncer de cuello uterino, el 26 de julio de 1952. Con tan sólo 33 años, se había convertido en la mujer más influyente del país. Su cuerpo, llorado durante días por una multitud, también fue robado, ultrajado y ocultado, durante casi dos décadas.

¿Por qué esta joven mujer se había ganado el odio de un importante sector de la sociedad? Hace unos años, Eduardo Galeano ensayó una respuesta: “La odiaban los biencomidos: por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafiaba hablando y los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta (...), Evita se había salido de su lugar”.

(Extraído del sitio “El historiador”, texto que forma parte del libro Evita. Jirones de su vida”, Buenos Aires, Planeta, 2012, páginas 318-325.)

 
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